Adviento es tiempo de quitar lo que se interpone entre Dios y nuestro corazón. Adviento es tiempo de renovación espiritual, de una nueva conversión, de cambio de vida, para esperar la transformación gloriosa de toda la creación y de los corazones de todos los hombres que aman al Señor.

Motivos de contento

La antífona de entrada dice: "El Señor vendrá para salvar a las naciones. Él hará oír su voz majestuosa y llenará de alegría vuestros corazones" (cfr. Is 30, 19-30).

En repetidas oportunidades el Señor nos invita a preparar el camino. Para ello tenemos que limpiar todo lo que obstaculiza el triunfo del Amor en nuestros corazones. ¿Cuáles son esos obstáculos? Los que nos dice la primera Lectura: "Quítate tu ropa de duelo y de aflicción... Vístete para siempre con el esplendor de la Gloria de Dios".

La misma oración colecta nos recuerda que es necesario vencer las pasiones, dominar sobre los apegos desordenados de las cosas materiales que nos impiden despojarnos del hombre viejo y vestirnos del hombre nuevo. Por eso le suplicamos: "Dios todopoderoso rico en misericordia, que ninguna actividad temporal detenga a quienes vamos presurosos al encuentro del Hijo; sino que, instruidos por la sabiduría divina, podamos gozar siempre de su compañía."

Allanar nuestro corazón

Dios desea derramar su misericordia, pero necesita un corazón allanado. Lo que más nos cuesta, sobre todo, es agachar la cabeza. Queremos ser felices a nuestra manera, y para ello nos hacemos nuestras teorías. Tendemos a pensar que la verdad y la felicidad dependen de nosotros.

Resulta que Dios nos dice que Él tiene sus caminos, y en ocasiones no coinciden con los nuestros. Hoy nos dice el Bautista: corregid vuestros caminos según el diseño de Dios, allanad los montes según la medida suya. La salvación depende enteramente de Dios, pero depende también totalmente de nosotros; depende de nuestra humildad.

Solo Dios puede salvar al hombre; y el hombre solo verá la salvación de Dios si aprende a ser humilde. No hay otro camino. Por eso, después de una guerra nacional o de una guerra en la familia (incluso con muertos -el aborto-) se sufre.

El sufrimiento en muchos casos es consecuencia de los senderos dislocados, que necesitan ser enderezados. El sufrimiento ayuda a ser humildes y a recapacitar: no conviene ir por esos caminos. Hemos de convencernos de que a veces nos equivocamos -esa es la realidad-, y que nuestros caminos no van a ninguna parte. Necesitamos una conversión de la mente y del corazón -girar todo el ser para mirar a Dios-, para que Él nos pueda orientar y mostrar su misericordia.

Reflexionemos

La llamada de Juan el Bautista: "preparar el camino del Señor" es bien precisa para cada uno. "Allanad sus senderos... que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale", así veremos "la salvación de Dios". Parecido al consejo de Baruc: "Dios ha mandado a bajarse a todos los montes elevados y a las colinas encumbradas, ha mandado allanarse a los barrancos hasta allanar el suelo para que Israel camine con seguridad" (1ª. lect.). Debemos tomar en serio la conocida sentencia: "no hay peor sordo que el que no quiere oír". Dejémonos guiar "por la gloria de Dios" (1ª. lect.), que es gracia y la luz de Dios. Hoy nos propone la liturgia que "enderecemos" algo, que corrijamos algo, que quitemos -allanemos- los obstáculos que nos impiden ver la luz, oír la voz de Dios. Antes de terminar: ¿qué hay en mí que sea obstáculo? ¿Un temor, un desencanto, un enfado, un deseo de venganza, un rencor?